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La Política, DON QUIJOTE y la generación de la derrota.
Don Quijote es el personaje de ficción más conocido y apreciado en todo
el mundo. Lo ha sido, al menos, por los últimos cuatro siglos, y todo
augura que lo seguirá siendo tanto tiempo más como la raza humana siga
los caminos de la civilización. Para nada podría vincularse este
fenómeno a su origen cultural hispano. Esto, si nos atenemos al hecho
incontrastable de que por lo menos durante el siglo XX ha existido una
avasallante imposición cultural anglosajona en todo el mundo. Además,
si tomamos en cuenta que en los últimos años, esta influencia termina
por magnificarse con la tan mentada globalización, entonces, deberíamos
de concluir, por la propia lógica de los hechos, que al menos en los
últimos cien años, otro paradigma más afín a la esencia cultural
colonialista inglesa y norteamericana se debería haber impuesto como el
personaje más querido y venerado por lectores de todas las lenguas. Ese
paradigma bien podría haber sido Hamlet, por ejemplo, pero nunca un tal
Alonso Quijano, hombre entrado en años, seco de carnes y enjuto de
rostro, que vivía en un lugar de La Mancha que ya a casi nadie le
importa precisar.
Debemos descartar, en consecuencia, el hecho de la imposición
cultural para explicar esta realidad que hace que Don Quijote de la
Mancha sea el libro más leído y publicado después de La Biblia. Alonso
Quijano fue un hombre común y corriente, gris si se quiere, hasta que
para gracia nuestra se le secó el cerebro de leer tantos libros de
caballería, tanto así que decidió hacerse caballero andante
convirtiéndose en Don Quijote de la Mancha "para el aumento de su honra
como para el servicio de su república" (y eso de república, hoy por
hoy, abarca a todo el mundo hispano parlante, cuanto menos). Sin tal
vez, entonces, y sin quererlo ni pretenderlo, Cervantes haya conseguido
ambas cosas en su magistral novela.
Por lo tanto, otro debe ser el motivo de su inagotable prestigio,
que parece acrecentarse aún más en vísperas del cuarto centenario.
Creemos que la razón es bien sencilla: Don Quijote supo sintetizar en
su ser medio loco a veces pero soñador siempre, medio cuerdo pero
idealista desde el principio hasta el fin, noble y desinteresado, que
busca la gloria como el fruto maduro del sacrificio personal puesto al
servicio de los demás, que supo amalgamar, de este modo, en un hombre
tan común, falible y limitado como cualquiera, lo mejor de la esencia
del ser humano. Todos, o la gran mayoría, cabalgamos nuestro Rocinante
detrás de algún sueño, detrás de la ilusión que nos ayuda a seguir
andando. No importa si nuestros sueños son pequeños y pocos inspirados,
o inmensos y geniales, el motor de la ilusión nos da la fuerza para
seguir andando, de la misma manera que lo hacía con nuestro Caballero.
Y cuando esa ilusión es alimentada por sueños que a la vez son ideales,
como le ocurría a Don Quijote, la humanidad toda mantiene la esperanza
de seguir andando tras la consecución de un mundo mejor.
Sin embargo, casi por entero durante estos últimos cuatro siglos,
desde la gente común hasta eruditos y académicos, han tratado de
soslayar a Don Quijote en su esencia última, haciendo relativa su lucha
por la obtención de ideales trascendentes, para detenerse a destacar a
un entrañable soñador demente, puesto a andar por la vida fuera de la
realidad acometiendo loables aventuras, pero inútiles, y de resultados
tan poco rentables como poco felices. Basta detenerse en la definición
que da el diccionario al término Quijotada: "Acción noble y
desinteresada, de escasos resultados. Locura, desatino". Por suerte
esta tendencia en la apreciación de nuestro venerado Caballero, que no
es un aspecto menor para su mayor gloria, ha venido revirtiéndose
definitivamente. Y quizás en esto tenga mucho que ver una suerte de
compromiso generacional que tenemos con el Ingenioso Hidalgo, quienes
aprendimos a apreciarlo en los últimos cincuenta años. Toda una
generación que hoy ronda los mismos años que tenía el Ingenioso Hidalgo
cuando decidió darse por el resto de sus días al noble oficio de la
caballería andante.
La generación de la derrota.
Los que nacimos promediando los años cincuenta y los sesenta hemos
quedado a mitad de camino de muchas cosas. Llegábamos a un mundo que
parecía parir un nuevo tiempo para la humanidad toda. Nos acunaban con
cantos que nos prometían que ya no habría que deshacer entuertos, ni
restaurar agravios. Crecimos aplaudiendo a muchos grandes hombres que
decidieron cabalgar tras ideales que parecían imposibles de alcanzar,
haciendo honor al espíritu que Don Quijote ha impuesto como verdades
últimas. En los cinco continentes surgieron Caballeros Andantes (Che
Guevara y Martin Luther King, para traer a la memoria sólo a dos de las
figuras más emblemáticas y cercanas) que salieron a defender sus
ideales con una mal compuesta celada remendada con cartón, embrazando
una adarga antigua, espada a la cintura y lanza en mano. La fuerza de
sus convicciones los llevó a la aventura. Tan contrahecha armadura no
supo protegerlos cuando debieron enfrentarse a abominables gigantes que
no ven satisfechas sus ansias de dominio y victoria hasta que corre la
última gota de la sangre de los vencidos. Estos y otros tantos Quijotes
que tomaron por el campo de Montiel durante el último medio siglo,
resultaron a la corta o a la larga, de un modo u otro, derrotados. Con
ellos perdió nuestra generación que creció viendo cuantos grandes
ideales terminaron sin concretarse. Nuestro Ingenioso Hidalgo, también
tantas veces derrotado, murió cuerdo y alejado de la aventura, pero en
su fuero íntimo sintiéndose caballero andante que no abandonaba sus
sueños-ideales ni en el peor de los momentos. Los grandes hombres que
han seguido sus pasos, que no escaparon a desaguisado alguno, y que
también terminaron vencidos, tuvieron que pagar el precio de la propia
vida por ello. Y aún sabiéndolo desde el principio, nunca se apearon de
su Rocinante. Siguieron cabalgando con él hasta el final.
Cabalgando el nuevo milenio.
Don Quijote ha andado cabalgando su triste figura -ni el propio
Cervantes lo hubiera imaginado-, durante cuatro siglos hasta este
tercer milenio de la era cristiana que acaba de comenzar. Quién podría
poner en tela de juicio que el siglo XXI nos espera para aventuras de
andante caballería. Pero que dicho oficio siga siendo la profesión de
mayor honor y gloria en los tiempos que corren no será tarea fácil. El
nuevo milenio nos regala un mundo fundado en "valores" tales como el
pragmatismo economicista, el consumismo, la destrucción del medio
ambiente, la fabricación de mitos en envase desechable, la alienación
mediática a través de tantos reality shows que ofenden la razón. Un
mundo que venera a la imagen y desdeña a la lectura, hasta el punto de
tolerar infinidad de centros de enseñanza (en todos los países, incluso
en los del primer mundo) de donde los jóvenes egresan analfabetos
técnicos. Un mundo racional donde el lucro es el valor supremo y la
mayor aceptación social está dada por el éxito económico personal. Qué
diría, por lo tanto, el espíritu del individualismo canibalista que
rige desde hace tanto tiempo el universo, de alguien que declara: "Son
mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal.
Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para
mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y
mentecato?". Ya conocemos de memoria lo que nos diría, y en realidad,
nunca nos importó. Más aún, nunca nos importará.
En concordancia con los días que vivimos muchos nos harán notar que
es una quijotada más creer que todavía hay esperanza. Pero así lo es
hoy, y también lo será mañana. A pesar de todas sus limitaciones,
nuestra generación ha sido capaz de transmitir a nuestros hijos y
nietos, como lo hicieron nuestros mayores con nosotros mismos, esta
admiración que tantos de nosotros profesamos por el Ingenioso Hidalgo.
Sabemos que hemos sido vehementes y sinceros en el legado de nuestras
convicciones, y que estamos ciegamente convencidos de que las futuras
generaciones obtendrán lo que nosotros no logramos. Lo lograrán junto a
Don Quijote y a su fiel Escudero. A todos juntos les tocará hacer
realidad la más grande aventura jamás contada que definitivamente nos
hará tener un mundo mejor, sin segregados, sin postergados, ni
excluidos. Un mundo donde todos los seres humanos tengan los
requerimientos básicos para una vida digna asegurados, y que cuenten
con las mismas oportunidades de desarrollo personal que todos merecen.
Lástima no contar con la fórmula para preparar una redoma del bálsamo
de Fierabrás, como Sancho pidió a su Señor. Es una verdadera pena.
Quién sabe, quizás, tomando un profundo trago, también nos hubiera
podido servir para alargar la vida y lograr apreciar al mayor de los
ideales -de Don Quijote y nuestro también- concretarse en los hechos.
La derrota haya sido el sino que ha distinguido a los luchadores de nuestros tiempos, seguiremos buscando ese yelmo de Mambrino que reluce más que el oro y llena de luz a nuestros ojos, aunque también a nosotros como al Ilustre Caballero Don Quijote del la Mancha. Este texto pertenece a José Miguel García y sigue en este link DON QUIJOTE Y LA GENERACION DE LA DERROTA.
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